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Existen escritores eminentes cuyas plumas, templadas con excelente
acero, se doblan o detienen dubitativas cuando tienen que
escribir una simple carta de condolencia para expresar con
cuatro líneas: "Siento sinceramente el fallecimiento
de tu padre".
El
motivo de esta dificultad radica en que el firmante se preocupa
excesivamente con la literatura y no deja que sea el corazón
quien hable porque nadie ignora que éste tiene razones
que la razón ignora.
Quien
con vueltas y revueltas nos mencione en su pésame a
todos los santos del cielo, glorias, formalismos de rigor
y fuerce a leer al apenado mil palabras, añade aflicción
al afligido. Por el contrario quien, brevemente y sin alardes
literarios, expresa con extremada sencillez su sentimiento
consigue su propósito. Recordemos que el apenado no
está para pláticas ni retóricas.
Procedería
algo así:
Querido
José:
Dios,
en cinco años, te dio seis hijos y ahora te ha exigido
uno. Piensa que ha sido bondadoso, que no ignora lo que hace
y que te deja el consuelo de cinco hijos más, mientras
que a otros no concede la dicha de poseer ninguno.
Un abrazo
muy fuerte, muy fuerte de................
Por el
contrario, no falta quien se empeña en traernos a la
memoria los buenos ratos pasados con el difunto, sus cualidades
humanas (méritos y virtudes), agravando nuestro dolor.
Cuídese
también, en las cartas de pésame, las exageraciones
ridículas (y por tanto falsas), de nuestro dolor y
exprésese nuestro sentimiento en consonancia con el
parentesco que unía al difunto con nuestro amigo.
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