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Para el autor los textos literarios poseen
una especie de exigencia al ofrecerse a la lectura. Pero no
es una exigencia que indique la forma como deban ser leídos,
es más bien una “aparición” de la
palabra cuyo significado propio es también el del texto,
y cuya pronunciación es también la de su razón
de ser.
Es complejo
descifrar esa impronta de la obra literaria. Se trata de una
pretensión viva en el texto, no de la recapitulación
de lo que pensó el autor al escribirlo. Quizás
habría que entender esto desde un punto de vista preligüístico,
es decir, la palabra puesta en el texto literario no remite
simplemente a sí misma como utilizada para la representación
de algo, se trata de una especie de primera expresión
o primer uso del término, de donde, lo que se quiere
comprender está situado antes de cualquier palabra
que pretenda expresarlo.
Según
Gadamer, “hay un fenómeno que se llama literatura:
textos que no desaparecen, sino que se ofrecen a la comprensión
con una pretensión normativa y preceden a toda posible
lectura nueva del texto”. Esta definición deja
denotar una especie de “comportamiento” de los
textos literarios, pero no queda tan claro por qué
tienen que ser de ese modo o qué es lo que les da esa
particularidad.
La respuesta
de Gadamer gira en torno a una ubicación inteligible
de los textos mismos. Una situación que no tiene que
ver con los momentos históricos del escritor y el lector,
es, como se ha dicho, un lugar prelingüístico,
o incluso, un lugar pre-comprensivo: «mi tesis es que
están presente únicamente en el acto de regresión
a ellos. [...] Palabras que sólo “existen”
retrayéndose a sí mismas, que realizan el verdadero
sentido de los textos desde sí mismos, hablando...».
Pero es
un “hablando” que no tiene palabras previas a
lo hablado en el momento en que se hace uso de las mismas:
“El
texto literario es justamente un texto en un grado especial
porque no remite a un acto lingüístico originario,
sino que prescribe por su parte todas las representaciones
y actos lingüísticos [...] exige que se haga presente
su figura lingüística y no sólo que se
cumpla su función comunicativa. No basta con leerlo,
es preciso oírlo, siquiera con el oído interior”.
Esta
presencia de la figura lingüística del texto es
la actitud precomprensiva en la que las palabras hacen acto
de presencia como expresión precisa que responde a
la armonía de sentido, que es a su vez la que ha requerido
una figura lingüística. En el texto literario
las palabras “se autopresentan en su realidad sonora”9,
la cual, junto con el discurso (que brota de las palabras)
está unida a la comunicación de sentido. De
todo esto podemos percibir que la particularidad de la obra
literaria está orientada hacia el mantenimiento de
un discurso que sigue de algún modo un sentido previo
a él, de donde hablar (o escribir) es la realización
de tal sentido, desde lo que se dice, desde la palabra misma,
y no la representación de una idea central en la que
el discurso es un medio.
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